LA MUJER EN GRECIA
POR. JORGE NEYRA CIENFUEGOS
En la Grecia de Platón y Aristóteles ser mujer no era, desde luego, algo deseable. Las mujeres tenían prácticamente el mismo estatus social que los esclavos, lo que suponía que no podían participar en la política ni tener derechos cívicos de alguna clase.
Ser ciudadano griego de plenos derechos estaba reservado a una elite no muy numerosa que no suponía nunca más de una cuarta parte de la población total: hijos varones de padre y madre libres y nacidos en la pólis de residencia. Eran ellos los únicos capaces ejercer una vida pública que los hacía merecedores de estimación. El tomar parte en los actos públicos, asambleas, teatro, juegos, ritos y competiciones era monopolio de los varones libres (salvo raras excepciones) y objeto de su máximo orgullo: o se era ciudadano o se era nada. Por ello, una de las sanciones más comunes en Grecia era el ostracismo, el exilio forzoso o la atimía, es decir, la pérdida de los derechos civiles que impedían a un ciudadano participar de la vida pública, con lo que se le reducía a la nada.
La exclusión de las mujeres de la vida pública hacía que ésta quedara relegada a la vida doméstica: el mantenimiento de las posesiones y las tareas domésticas así como el cuidado de los niños eran sus tareas cotidianas. La mujer no era ciudadana sino hija o esposa de ciudadano. Salvo en Esparta, no había escuelas especiales para muchachas y la educación no se dirigía a ellas. Todo lo aprendían en el ámbito privado de su madre, hermanas o esclavas. Por lo tanto, el analfabetismo era muy alto en este grupo. Excepcional fue el círculo de Safo, la poetisa de Lesbos, que aunó un grupo de mujeres en el s.VI a.C. donde se formaban en la poesía, el canto y la danza y donde eran normales las relaciones homosexuales.
La comida era servida en unas mesitas portátiles, donde los esclavos iban depositando los manjares, a veces consistentes en productos escasos como la carne. Después de la cena comenzaba el sympósion, que era el ritual social propiamente dicho, en el que sólo se bebía vino acompañado de unos postres ligeros.
Tanto esta parte como la anterior estaban reservadas a los varones. Las mujeres estaban excluídas de estas celebraciones a las que sólo podían asistir prostitutas, esclavas y músicas o bailarinas para amenizar y entretener a los invitados. Se comenzaba haciendo unas libaciones en honor a los dioses (sobre todo en honor a Dionisos, el dios del vino y de la embriaguez, al que se le cantaba un himno) y después se elegía al simposiarca, que era el encargado de fijar las proporciones de la mezcla de agua y vino así como de las cantidades que debía ingerir cada comensal. Si algún invitado no cumplía lo fijado por el simposiarca, podía ser penado con una broma como bailar desnudo o llevar en brazos a la tañedora de cítara.
Un elemento clave en los symposia era la poesía, la música y el canto. Los comensales mostraban sus destrezas en estas artes o se solazaban con los artistas contratados. También charlaban sobre temas libres o establecidos por alguno de ellos, así como jugaban a las adivinanzas, y los retratos. Un juego que se puso muy de moda fue el Kóttabos, que consistía en arrojar las últimas gotas de vino a un recipiente que hacía de blanco. Se ganaba si se acertaba dentro del blanco o si, sujeto éste en una varilla metálica, se lograba hacerlo caer y derribarlo. El ganador era premiado con pasteles o algún adorno o prenda de vestir. Incluso también podía lograr un beso de la persona amada.
Es característico de estas reuniones la liberación sexual y las relaciones homosexuales entre los invitados o entre éstos y los esclavos y esclavas que trabajaban en él.
Normalmente acababa la fiesta con una embriaguez generalizada.
Acercarse a la religiosidad griega es un fenómeno complejo ya que ésta no puede desligarse del resto de las manifestaciones culturales y usos sociales que regulan la vida de los ciudadanos de las poleis. Cualquier actividad humana estaba impregnada de sentido religioso, y a estos se debía respeto y veneración si quería uno salir airoso de cualquier empresa, por muy cotidiana que ésta fuera.
Lo divino es lo que garantiza el orden y la continuidad de los fenómenos tanto a nivel cosmológico (el ciclo de las estaciones y de las cosechas) como social (la regularidad generacional o el orden político y social).
Esta íntima unión es posible porque los dioses no trascienden la esfera de lo humano: son los mantenedores constantes del orden del mundo e intervienen directamente en éste cuando hace falta o se les pide, aunque no siempre su acción sea benévola. Enfermedades como la locura o los ataques epilépticos tenían origen divino.
Ser ciudadano griego de plenos derechos estaba reservado a una elite no muy numerosa que no suponía nunca más de una cuarta parte de la población total: hijos varones de padre y madre libres y nacidos en la pólis de residencia. Eran ellos los únicos capaces ejercer una vida pública que los hacía merecedores de estimación. El tomar parte en los actos públicos, asambleas, teatro, juegos, ritos y competiciones era monopolio de los varones libres (salvo raras excepciones) y objeto de su máximo orgullo: o se era ciudadano o se era nada. Por ello, una de las sanciones más comunes en Grecia era el ostracismo, el exilio forzoso o la atimía, es decir, la pérdida de los derechos civiles que impedían a un ciudadano participar de la vida pública, con lo que se le reducía a la nada.
La exclusión de las mujeres de la vida pública hacía que ésta quedara relegada a la vida doméstica: el mantenimiento de las posesiones y las tareas domésticas así como el cuidado de los niños eran sus tareas cotidianas. La mujer no era ciudadana sino hija o esposa de ciudadano. Salvo en Esparta, no había escuelas especiales para muchachas y la educación no se dirigía a ellas. Todo lo aprendían en el ámbito privado de su madre, hermanas o esclavas. Por lo tanto, el analfabetismo era muy alto en este grupo. Excepcional fue el círculo de Safo, la poetisa de Lesbos, que aunó un grupo de mujeres en el s.VI a.C. donde se formaban en la poesía, el canto y la danza y donde eran normales las relaciones homosexuales.
La comida era servida en unas mesitas portátiles, donde los esclavos iban depositando los manjares, a veces consistentes en productos escasos como la carne. Después de la cena comenzaba el sympósion, que era el ritual social propiamente dicho, en el que sólo se bebía vino acompañado de unos postres ligeros.
Tanto esta parte como la anterior estaban reservadas a los varones. Las mujeres estaban excluídas de estas celebraciones a las que sólo podían asistir prostitutas, esclavas y músicas o bailarinas para amenizar y entretener a los invitados. Se comenzaba haciendo unas libaciones en honor a los dioses (sobre todo en honor a Dionisos, el dios del vino y de la embriaguez, al que se le cantaba un himno) y después se elegía al simposiarca, que era el encargado de fijar las proporciones de la mezcla de agua y vino así como de las cantidades que debía ingerir cada comensal. Si algún invitado no cumplía lo fijado por el simposiarca, podía ser penado con una broma como bailar desnudo o llevar en brazos a la tañedora de cítara.
Un elemento clave en los symposia era la poesía, la música y el canto. Los comensales mostraban sus destrezas en estas artes o se solazaban con los artistas contratados. También charlaban sobre temas libres o establecidos por alguno de ellos, así como jugaban a las adivinanzas, y los retratos. Un juego que se puso muy de moda fue el Kóttabos, que consistía en arrojar las últimas gotas de vino a un recipiente que hacía de blanco. Se ganaba si se acertaba dentro del blanco o si, sujeto éste en una varilla metálica, se lograba hacerlo caer y derribarlo. El ganador era premiado con pasteles o algún adorno o prenda de vestir. Incluso también podía lograr un beso de la persona amada.
Es característico de estas reuniones la liberación sexual y las relaciones homosexuales entre los invitados o entre éstos y los esclavos y esclavas que trabajaban en él.
Normalmente acababa la fiesta con una embriaguez generalizada.
Acercarse a la religiosidad griega es un fenómeno complejo ya que ésta no puede desligarse del resto de las manifestaciones culturales y usos sociales que regulan la vida de los ciudadanos de las poleis. Cualquier actividad humana estaba impregnada de sentido religioso, y a estos se debía respeto y veneración si quería uno salir airoso de cualquier empresa, por muy cotidiana que ésta fuera.
Lo divino es lo que garantiza el orden y la continuidad de los fenómenos tanto a nivel cosmológico (el ciclo de las estaciones y de las cosechas) como social (la regularidad generacional o el orden político y social).
Esta íntima unión es posible porque los dioses no trascienden la esfera de lo humano: son los mantenedores constantes del orden del mundo e intervienen directamente en éste cuando hace falta o se les pide, aunque no siempre su acción sea benévola. Enfermedades como la locura o los ataques epilépticos tenían origen divino.
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