REDENTORA LECTURA
Jorge Manuel Neyra Cienfuegos
(Profesor de CC.HH y CC.SS)
“El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en la inmediatez, con respecto al tiempo y al espacio. Su vida cae en la rutina; está limitado al contacto y a la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y sólo ve lo que ocurre en su entorno. No tiene forma de escapar de esa prisión”.
LIN YUTANG
Frente a la poderosa irrupción de los medios masivos de comunicación, basados en la imagen y en el lenguaje oral, y frente al singular impacto de la moderna tecnología informática, la lectura de textos escritos sigue siendo el medio más eficaz para el desarrollo sistemático del pensamiento, del lenguaje y de la “personalidad”. Ella ha sido el principal vehículo para subjetivizar la cultura y enriquecer nuestra enciclopedia cultural. Sin olvidar, desde luego, que gran cantidad de nosotros somos, en gran medida, el producto de la lectura de muchos libros. Además, la lectura es el eje central de las estrategias para aprender y para desarrollar unas efectivas competencias relacionales: semióticas, discursivas, cognitivas y conductuales. Competencias con las cuales la lectura establece una interesantísima relación dialéctica.
En su texto “Lectura y literatura”, Javier Navarro nos advierte que “a la lectura hay que pensarla en relación con lo que se lee, con la calidad de las obras leídas. La lectura no es algo por sí mismo bueno, ni una actividad santificadora. Puede ser incluso un medio de alineación más, como la televisión o cualquiera de los medios masivos de comunicación”.
Aparte de ese gran libro, de millones de tomos, llamado Naturaleza, no hay cosa mejor que los buenos libros escritos por los hombres. Yo, particularmente, como docente y hombre de letras, me entristezco al ver una casa sin libros, porque es como estar deshabitada.
Los libros, decía Jean Cusset, son la voz viva de los hombres muertos. En ellos está todo lo que dieron y pensaron, los mejores ejemplares de la especie humana. Cuando entro a una biblioteca escucho mil voces que me reclaman, como en una hermosa feria: “¡Hey, ven aquí! Soy Homero y te quiero contar algo muy interesante que le sucedió a Ulises en su camino de regreso a Itaca”. “¡Oye, acércate! Soy Shakespeare y voy a hablarte acerca de las dudas de los hombres, de su ambición, de sus celos, su avaricia y su amor”. “Escúchame, soy Cervantes y quiero mostrarte tu retrato en el perfil de dos hombres que inventé”. Ansiosamente nos llaman. Saben que ellos hallaron el bien, la belleza y la verdad, y nos los quieren heredar.
Cuentan que a Rubén Darío, el gran poeta, cuyo legado literario sigue dando la vuelta al mundo, en cierta ocasión le preguntaron qué pensaba de los libros y del hábito de leer. De forma genial, respondió con un verso propio:
“Es fuerza, es valor, es poder, es alimento;
antorcha del pensamiento, y manantial del amor”.
El poeta parece afirmarnos, de forma exquisita, que “el libro y la lectura son fuente de vida”.
Cuentan también que Cicerón defendía ferozmente la idea de que en cada hogar debía existir una biblioteca, pues “un hogar que no tiene libros, y en el que no se lee, es como un cuerpo sin alma”.
Los hermanos Álvarez Quintero le cantaban a la lectura y al libro: “…huésped de predilección, confidente y confesor, compañero de vigilias, en la soledad recreo y en los caminos mentor”.
Hasta el mismo y célebre Groucho Marx, con su característico y mordaz humor decía: “Sin lugar a dudas que la televisión es tremendamente educativa. Cada vez que alguien enciende el televisor en mi presencia, me retiro a otra habitación con un buen libro y me pongo a leer”.
No debe caber duda sensata sobre la importancia del libro, sobre la insustituible necesidad humana de la lectura. ¿Quién osaría discutir si respirar es necesario o no? ¿Tenemos que justificar que el ser humano necesita sosiego, guía, luz, alimento espiritual, sueños, fantasía y esperanza? Aunque pareciera extraño o paradójico, en pleno siglo XXI me atrevo a aseverar las palabras de Frank Kafka: “El libro y la lectura deben ser los instrumentos de trabajo para romper el hielo que se ha apoderado del alma contemporánea”.
Sin ánimo de sucumbir al pesimismo colectivo que, a veces, oscurece nuestra propia conciencia y nuestra percepción como pueblo, tenemos que preguntarnos ¿Cuál es la adhesión de nuestros alumnos a la lectura? ¿Hemos abandonado ese vital ejercicio humano? ¿Nos hemos olvidado de esta esencial necesidad humana? “El mundo está lleno de libros hermosos que nadie lee”, ha sentenciado el autor de El nombre de la rosa.
En efecto, es necesario que revisemos este componente de nuestra vida colectiva y personal. No podemos caer en ese “vacío”, en esa “nada” que la falta de lectura puede inyectarnos, personal y colectivamente. Debemos recuperar lo espiritual, el aire cognoscitivo, la fuerza de nuestra lucidez existencial, acercándonos insistente y apasionadamente a la lectura.
Debemos redescubrir nuestra propia identidad, nuestra propia cultura, porque es algo vivo “la cultura es viva”, porque debe estar “prohibido olvidar”, porque el libro y la lectura deben estar siempre “en la punta de nuestra lengua”. Sólo así podremos avivar las “llamaradas” que iluminan nuestra historia o, en su defecto, vivenciar las “charcas” que inundan la topografía de nuestra alma.
En el mundo actual, excesivamente pragmático y consumista, nuestro centro espiritual lo hemos trasladado a los centros comerciales, y ese desfase puede convertirnos en caricaturas de nuestras propias decepciones.
Soy maestro hace diez años, y me confieso más que lector, un hincha de la lectura. Sabemos que en nuestra sociedad muchas personas no tienen la capacidad ni la posibilidad de acercarse a la lectura para disfrutar de la experiencia casi redentora de un texto o de un poema. Y esto clama al cielo y nos debe impulsar decididamente a actuar para que nuestros alumnos sean beneficiarios de la utilidad y el incomparable placer que provoca la lectura. Pero, de otro lado, más triste es ver a muchas personas qué, sabiendo leer, no leen.
Duele e indigna ver como nos privamos de leer obras maravillosas, de heredar ese patrimonio cultural de tan geniales escritores.
Amigos míos, ese es un lujo que no podemos permitirnos.
Jorge Manuel Neyra Cienfuegos
(Profesor de CC.HH y CC.SS)
“El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en la inmediatez, con respecto al tiempo y al espacio. Su vida cae en la rutina; está limitado al contacto y a la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y sólo ve lo que ocurre en su entorno. No tiene forma de escapar de esa prisión”.
LIN YUTANG
Frente a la poderosa irrupción de los medios masivos de comunicación, basados en la imagen y en el lenguaje oral, y frente al singular impacto de la moderna tecnología informática, la lectura de textos escritos sigue siendo el medio más eficaz para el desarrollo sistemático del pensamiento, del lenguaje y de la “personalidad”. Ella ha sido el principal vehículo para subjetivizar la cultura y enriquecer nuestra enciclopedia cultural. Sin olvidar, desde luego, que gran cantidad de nosotros somos, en gran medida, el producto de la lectura de muchos libros. Además, la lectura es el eje central de las estrategias para aprender y para desarrollar unas efectivas competencias relacionales: semióticas, discursivas, cognitivas y conductuales. Competencias con las cuales la lectura establece una interesantísima relación dialéctica.
En su texto “Lectura y literatura”, Javier Navarro nos advierte que “a la lectura hay que pensarla en relación con lo que se lee, con la calidad de las obras leídas. La lectura no es algo por sí mismo bueno, ni una actividad santificadora. Puede ser incluso un medio de alineación más, como la televisión o cualquiera de los medios masivos de comunicación”.
Aparte de ese gran libro, de millones de tomos, llamado Naturaleza, no hay cosa mejor que los buenos libros escritos por los hombres. Yo, particularmente, como docente y hombre de letras, me entristezco al ver una casa sin libros, porque es como estar deshabitada.
Los libros, decía Jean Cusset, son la voz viva de los hombres muertos. En ellos está todo lo que dieron y pensaron, los mejores ejemplares de la especie humana. Cuando entro a una biblioteca escucho mil voces que me reclaman, como en una hermosa feria: “¡Hey, ven aquí! Soy Homero y te quiero contar algo muy interesante que le sucedió a Ulises en su camino de regreso a Itaca”. “¡Oye, acércate! Soy Shakespeare y voy a hablarte acerca de las dudas de los hombres, de su ambición, de sus celos, su avaricia y su amor”. “Escúchame, soy Cervantes y quiero mostrarte tu retrato en el perfil de dos hombres que inventé”. Ansiosamente nos llaman. Saben que ellos hallaron el bien, la belleza y la verdad, y nos los quieren heredar.
Cuentan que a Rubén Darío, el gran poeta, cuyo legado literario sigue dando la vuelta al mundo, en cierta ocasión le preguntaron qué pensaba de los libros y del hábito de leer. De forma genial, respondió con un verso propio:
“Es fuerza, es valor, es poder, es alimento;
antorcha del pensamiento, y manantial del amor”.
El poeta parece afirmarnos, de forma exquisita, que “el libro y la lectura son fuente de vida”.
Cuentan también que Cicerón defendía ferozmente la idea de que en cada hogar debía existir una biblioteca, pues “un hogar que no tiene libros, y en el que no se lee, es como un cuerpo sin alma”.
Los hermanos Álvarez Quintero le cantaban a la lectura y al libro: “…huésped de predilección, confidente y confesor, compañero de vigilias, en la soledad recreo y en los caminos mentor”.
Hasta el mismo y célebre Groucho Marx, con su característico y mordaz humor decía: “Sin lugar a dudas que la televisión es tremendamente educativa. Cada vez que alguien enciende el televisor en mi presencia, me retiro a otra habitación con un buen libro y me pongo a leer”.
No debe caber duda sensata sobre la importancia del libro, sobre la insustituible necesidad humana de la lectura. ¿Quién osaría discutir si respirar es necesario o no? ¿Tenemos que justificar que el ser humano necesita sosiego, guía, luz, alimento espiritual, sueños, fantasía y esperanza? Aunque pareciera extraño o paradójico, en pleno siglo XXI me atrevo a aseverar las palabras de Frank Kafka: “El libro y la lectura deben ser los instrumentos de trabajo para romper el hielo que se ha apoderado del alma contemporánea”.
Sin ánimo de sucumbir al pesimismo colectivo que, a veces, oscurece nuestra propia conciencia y nuestra percepción como pueblo, tenemos que preguntarnos ¿Cuál es la adhesión de nuestros alumnos a la lectura? ¿Hemos abandonado ese vital ejercicio humano? ¿Nos hemos olvidado de esta esencial necesidad humana? “El mundo está lleno de libros hermosos que nadie lee”, ha sentenciado el autor de El nombre de la rosa.
En efecto, es necesario que revisemos este componente de nuestra vida colectiva y personal. No podemos caer en ese “vacío”, en esa “nada” que la falta de lectura puede inyectarnos, personal y colectivamente. Debemos recuperar lo espiritual, el aire cognoscitivo, la fuerza de nuestra lucidez existencial, acercándonos insistente y apasionadamente a la lectura.
Debemos redescubrir nuestra propia identidad, nuestra propia cultura, porque es algo vivo “la cultura es viva”, porque debe estar “prohibido olvidar”, porque el libro y la lectura deben estar siempre “en la punta de nuestra lengua”. Sólo así podremos avivar las “llamaradas” que iluminan nuestra historia o, en su defecto, vivenciar las “charcas” que inundan la topografía de nuestra alma.
En el mundo actual, excesivamente pragmático y consumista, nuestro centro espiritual lo hemos trasladado a los centros comerciales, y ese desfase puede convertirnos en caricaturas de nuestras propias decepciones.
Soy maestro hace diez años, y me confieso más que lector, un hincha de la lectura. Sabemos que en nuestra sociedad muchas personas no tienen la capacidad ni la posibilidad de acercarse a la lectura para disfrutar de la experiencia casi redentora de un texto o de un poema. Y esto clama al cielo y nos debe impulsar decididamente a actuar para que nuestros alumnos sean beneficiarios de la utilidad y el incomparable placer que provoca la lectura. Pero, de otro lado, más triste es ver a muchas personas qué, sabiendo leer, no leen.
Duele e indigna ver como nos privamos de leer obras maravillosas, de heredar ese patrimonio cultural de tan geniales escritores.
Amigos míos, ese es un lujo que no podemos permitirnos.
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